La energía solar fotovoltaica ha venido siendo implantada a nivel mundial para hacer frente a una serie de desafíos energéticos, propios de los países desarrollados, pero ampliables a países en vías de desarrollo.
El primero de esos desafíos es el de seguridad en el suministro. La mayoría de países desarrollados, aglutinados en la llamada Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), se enfrenta al doble problema de una amplia población acostumbrada a grandes consumos energéticos, por un lado, y de un acceso muy limitado a los recursos de energía, por el otro. En este sentido, estos países se ven obligados a importar combustibles fósiles de otros países, normalmente países ajenos a la propia OCDE, con lo que la seguridad del suministro energético a su población no depende en exclusiva de ellos mismos, sino también de los países detentadores de tales recursos y de las reservas que poseen.
Con la electricidad de origen fotovoltaico, producida en el propio territorio nacional, la energía se transforma en un recurso autóctono, con lo que se asegura el suministro a los consumidores locales, sin contar ya con las decisiones que sobre la explotación de sus recursos adopten los países que poseen combustibles fósiles. Y además, al ser una fuente inagotable de energía, se evitan los problemas derivados de la escasez y extinción de las reservas.
Un segundo desafío, muy ligado al primero, es el de la independencia energética. Precisamente por la escasez de recursos energéticos propios, los países desarrollados dedican gran parte de sus presupuestos nacionales a adquirir energía de terceros países. Esto no sólo implica un gasto constante para las arcas públicas de cualquier Estado, sino que supone también estar sujeto a la volatilidad de los precios de los combustibles fósiles. Y es que debido al alto nivel de concentración en la posesión de combustibles, los precios pueden variar mucho en cuestión de meses, con lo que la planificación presupuestaria de los Gobiernos que adquieren esa energía puede verse seriamente afectada.
En este sentido, la opción por la energía solar fotovoltaica significa independencia energética, en la medida en que se deja de depender de un producto de precio variable y se pasa a utilizar un recurso energético cuyo precio, además de tender a la baja, sufre unos cambios en el tiempo mucho menos abruptos que los que experimentan los combustibles fósiles.
Estos mismos beneficios que aporta la fotovoltaica a los países más ricos pueden aplicarse a países en vías de desarrollo que no posean grandes reservas de petróleo, gas o carbón. Su dependencia energética y la falta de seguridad de suministro tienen consecuencias más acusadas en estos países, dada su escasa capacidad de compra. El retardo económico que padecen se debe, en parte, a un acceso a la energía muy limitado. Es por eso que la opción de instalaciones fotovoltaicas es una vía para obtener electricidad por cuenta propia. De hecho, una de las formas más desarrolladas de cooperación al desarrollo en estos países es la implantación de proyectos solares en comunidades con escaso o nulo acceso a la energía.
Por último, y no menos importante, la energía solar y, particularmente, la fotovoltaica, ha venido siendo apoyada por los gobiernos de países desarrollados con el ánimo de cumplir con los objetivos marcados por el protocolo de Kioto y sus líneas generales de actuación. Sabiendo que los países firmantes de este protocolo deben reducir en un 5,2% sus emisiones de CO2 en 2012 con respecto a las emisiones del año 1990, y reconociendo que el sector de generación eléctrica es de los que más emisiones contaminantes produce, el desarrollo de la energía solar fotovoltaica, junto con el resto de energías renovables, es una de las iniciativas más importantes en todos los países donde se han asumido tales compromisos (precisamente los países de la OCDE).
De manera que la fotovoltaica, al ser una fuente de electricidad de carácter autóctono, renovable y limpia, se erige como una energía idónea para dar respuesta a los tres grandes desafíos energéticos del presente: la seguridad del suministro, la independencia energética y la reducción de los gases que provocan el calentamiento global y el cambio climático.